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El isondú y las búsquedas editoriales

En el marco de las investigaciones que completarán el aparato crítico de la “Obra Poética” de Daniel Elías, segundo volumen de la serie “El país del Sauce”, miembros de EDUNER hallan dibujo perdido del isondú realizado por Eduardo L. Holmberg. Tras el insecto que animó la pluma del autor de “Viaje a Misiones”, primer título de la mentada colección, y enredada en las continuas inquietudes de los editores destella la dinámica misma de las búsquedas editoriales. 

El isondú (gusano de luz). Dib. de Holmberg y de Homann en 1906.

El isondú por Manuel Siri, en cubierta de "Viaje a Misiones" (EDUNER, 2012)

“Editar” puede quedar restringido a una falsa sinonimia cuando se transpone en verbos próximos como “publicar” o “imprimir”. Sobre todo si el equipo detrás de un título decide “reeditar” un clásico cuyo autor ha fallecido. Sin la ayuda de aquel que sobre el papel guió las letras o, como en nuestro caso, ilustró sus hallazgos, las investigaciones que determinarán cuál será la figura de la tapa o cómo han de ordenarse las materias al interior del título, necesitan de una inacabada rigurosidad. Rigor científico, amor por lo desconocido, son a un tiempo las múltiples caras de un ciclo de búsquedas que relataremos a continuación.

La primera pesquisa se enraíza en los albores de la década de 1870 cuando, mientras comenzaba sus travesías por el territorio argentino y concluía sus estudios de Medicina, Eduardo L. Holmberg lee un artículo del zoólogo prusiano Karl Burmeister. El ensayo describía una larva que, al detenerse en su evolución, devenía apta para la reproducción sin llegar a ser alada o siquiera ninfa. Como si esa característica no bastase, el gusano tenía la particularidad de brillar en la oscuridad. Así, la intriga del naturalista argentino, preñada por los detalles encendidos que su imaginación de literato adivinaba, aumentaría años más tarde cuando un colega le informa haber encontrado, en las Sierras de Córdoba, la pareja del peculiar animalito. El macho, hasta ese momento desconocido, resultaba ser un coleóptero.

Hacia 1885, Holmberg se encontrará en Formosa con sus primeros ejemplares vivos. Sin embargo, estos insectos no superaban los dos centímetros y nuestro autor sabía que los había de mayor tamaño. Como todo naturalista con hábitos de coleccionista, su atención a la extraña criatura sólo se durmió para ser despertada por la casualidad en el medio de una expedición al cerro Santa Ana (Misiones). Tras observar lo que parecía ser un rastro de fósforo en el casco de su caballo, encuentra un isondú que duplicaba en longitud a los anteriores. Esta es la descripción que entrega en “Viaje a misiones” (2012: 281):

“Imagínese el lector una larva, del tamaño más o menos de un gusano de seda que ha llegado a la mitad de su desarrollo, con la cabeza roja como un rubí y luminosa, y el resto del cuerpo con veintidós puntos, o más bien once pares, un par en cada anillo, de chispas de luz de luna, como la de las Luciérnagas, brillando en la oscuridad y emitiendo su resplandor.
<< ¡Qué magnificencia!>>, exclamó mi compañero.
Ésa era la palabra.
Si hubiese una joya así, no tendría precio.”

Hemos omitido abundar en el particular brillo del gusano, pues en la luz que emite se inscribe una segunda búsqueda y la razón de tan extraña composición química. También el azar llevará al autor de “Viaje a Misiones” a depositar su “víctima” en un vaso. Esa misma noche, luego de permitir que las volutas de humo de su cigarro le susurrasen alguna historia de aventuras, descubre en el recipiente tres escarabajos. Él había tropezado con los machos seducidos por los destellos y aromas de la larva, mientras ellos encontraban el instinto de la seducción reproductiva.

Más de un siglo después, en 2011, durante la preparación (en conjunto con publicaciones UNL) del primer volumen de la serie “El país del Sauce”, Guillermo Mondejar y Manuel Siri se anotician de que, aún si Holmberg había omitido hacer un boceto del gusano para la edición de 1888 de “Viaje a Misiones”, podría haber publicado un artículo relacionado al mismo. Sin embargo, nunca se pudo encontrar cuál era la revista o el año en que había aparecido el dibujo. A pesar de ello, los editores no se desanimaron y, conociendo la admiración del autor por el insecto, decidieron recomponer la figura peculiar del isondú en la tapa de la edición 2012. Ello los embarcó en la tercera búsqueda que reseñamos. Una pesquisa que resuena con las fidelidades científicas que inspiran los diarios de los zoólogos del siglo XIX y que se filia con las reuniones de escritos tras un contorno autoral difuso: la investigación propia de una editorial universitaria. La indagación no concluyó, pero se detuvo al tomar como referencia las ilustraciones hechas por el Dr. Hieronymus (el colega de Holmberg que en Córdoba se había topado con el gusano de luz).

Otra omisión quedará justificada pues cierra nuestro ciclo de búsquedas: la larva se llama isondú. El nombre fue tomado de una leyenda guaraní que narra las aventuras de un joven cuya gracia era enamorar a todas las mujeres. Los hombres de su aldea, encolerizados por la envidia, deciden emboscarlo y matarlo. Tras veintidós puñaladas la víctima se convierte en un gusano que supuraba luz por cada una de sus heridas. Sus asesinos, atemorizados, debieron contemplar todas las noches de su vida aquel  resplandor siniestro. Sin los componentes del crimen, pero con la angustia de la falta, ningún editor-investigador queda absuelto ante el brillo del dato desconocido. Por ello, la historia detrás de este libro excedió con mucho su colofón.  

Hemos dicho que la búsqueda editorial del isondú se detuvo pero para concluir hubo de necesitar nuevamente del azar. Mientras se completaba el aparato crítico de la “Obra Poética” de Daniel Elías, segundo volumen de la serie “El país del Sauce”, la atención de los editores quedaría cegada por la luminiscencia casual de los hallazgos inesperados. Fulgurando, como lo hacían las hembras larviformes y la vívida memoria del naturalista, como ante la conciencia se presentan las formas de la inquietud, el boceto que dibujó Holmberg descansaba, desde el 4 de agosto de 1906, en el n.º 409 de Caras y Caretas.

Fuente: EDUNER